
He asistido por años a este singular lugar. Una fonda, una cocina económica, un comedero, llámenle como le llamen, el sitio carente de lujos y comodidas cinco estrellas, es un punto de encuentro para probar las recetas que el fundador del lugar dejara antes de partir de este mundo.
Los miércoles se convirtieron en ritual para ir a degustar el espinazo de puerco con verdolagas. Platillos típicos de pueblo, de antaño que no se ven más en la urbe tapatía, pero que aquí guardan celosamente esas tradiciones. En esta ocasión y como no ha llovido, las verdolagas fueron sustituídas por ricos nopales. El resultado fue fenomenal. La entrada, arroz rojo con un borde de frijoles recién guisados con manteca de cerdo. Después el suculento platillo y agua fresca del día. Incluyen postre.
El costo no es oneroso, por lo que puede estar al alcance de la mayoría de los bolsillos.
El menú cambia cada día y cuando está abierto desde temprano, se ofertan desayunos tradicionales.
Pasen a probar.
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Hoy desayuné ahí.
Es absolutamente casero. Ni más, ni menos. Huevitos revueltos con jamón, chilaquiles y frijolitos. #chulada! Pasen y prueben