Pocas veces uno se encuentra con un lugar que logra ser consistentemente decepcionante, pero este establecimiento lo consigue con notable precisión. Tras tres visitas, queda claro que no se trata de un mal día, sino de una preocupante falta de profesionalismo.
En cada ocasión, el patrón fue el mismo: indiferencia absoluta hacia el cliente. Llegar primero no significa nada aquí; otros comensales son atendidos antes sin el menor reparo, mientras uno permanece invisible. Intentar solicitar atención resulta inútil, como si el concepto de servicio fuera completamente ajeno al personal.
En una de las visitas, con el local prácticamente vacío, la atención fue fría y forzada, como si atender fuese una molestia. En otra, el escenario fue aún más surrealista: discusiones internas, conversaciones interminables y un desinterés tan marcado que un empleado simplemente decidió retirarse a la cocina sin tomar mi pedido.
Es casi irónico que la comida sea aceptable, incluso buena y los precios accesibles, porque eso solo resalta aún más el desperdicio de potencial. Ningún platillo logra compensar la sensación de ser ignorado deliberadamente.
Un lugar que confunde informalidad con negligencia. Difícilmente se puede recomendar una experiencia donde el cliente parece ser lo menos importante.