
SalAzar no es un restaurante, es una conversación privada entre el fuego, el vino y la tierra.
Lo encuentras en el Valle, donde los viñedos se mezclan con el polvo y la niebla, y donde la cocina aún tiene el descaro de mirar a los ojos al comensal y decir: “Esto es lo que soy.” Nos recibió el chef Andrés Salazar y su esposa Claudia —no como clientes, sino como cómplices. Gente que cocina porque ama, y sirve porque respeta.
Comenzamos con unas aceitunas negras curadas en sal, bañadas en aceite de oliva. No hay truco, solo tiempo, paciencia y producto. Luego vino un tiradito de jurel con láminas de erizo que sabía al Pacífico mismo: crudo, salino, fresco, glorioso. De esos platos que te hacen guardar silencio.
Esperamos lo que debíamos esperar —unos 45 minutos— para que el fuego hiciera lo suyo. Y entonces llegó el Rib Eye. Sublime. Cortado con el respeto que se le da a algo que una vez vivió. Cocido justo, con un puré de papa estilo Robuchon que parecía mantequilla sólida, una berenjena asada que sabía a humo y tierra. Y ahí, sin avisar, lo inesperado: una ensalada de arúgula con un toque de comino que nos hizo levantar la ceja. Ese tipo de sabor que no esperas en la ensalada, pero que no sabías que necesitabas.
No hubo manteles largos, ni vajillas de museo. Pero había intención. Había alma. Había sazón. Eso que en muchos lugares se ha perdido entre reservas digitales y vajillas nórdicas sin alma.
SalAzar es eso: honestidad cocinada a fuego directo. Aquí no te sirven un platillo, te lo cuentan. Y si escuchas bien, hay historias detrás de cada sabor. Baja está viva en esta cocina: en la sal, en el comino, en la grasa de un corte bien hecho.