
El personal es sumamente amable y atento, y el lugar resulta agradable, cuenta con un área climatizada y otra al aire libre, lo que ofrece opciones cómodas para distintos gustos. Por su ubicación y el cuidado en la ambientación, uno esperaría una propuesta culinaria a la altura de su entorno.
Lamentablemente, la experiencia gastronómica no cumple con esas expectativas. Los platillos presentan un exceso evidente de grasa pues las enchiladas literalmente desprenden aceite al cortarlas, y las gorditas, además de estar impregnadas, contienen una carne igualmente saturada de aceite. Incluso el consomé que acompaña las gorditas llega con una capa visible de grasa en la superficie, lo que refleja una preparación descuidada y pesada. No hay equilibrio en el plato: la porción de verduras es mínima y ni hablar de encontrar un toque de aguacate que ayude a suavizar el exceso de grasa mala o a aportar frescura.
El agua de jamaica, por su parte, resulta exageradamente dulce; el nivel de azúcar es tan alto que opaca por completo el sabor natural de la flor, asemejándola más a una bebida industrial que a una artesanal.
En cuanto a la relación calidad-precio, es claramente desfavorable. Pagar $45 por una gordita que sabe principalmente a aceite, $140 por tres enchiladas delgadas y $40 por una bebida azucarada resulta desproporcionado frente a la calidad ofrecida.
En resumen, un lugar con potencial por su atención y ambiente, pero con una ejecución culinaria deficiente. Una verdadera lástima que la cocina no esté al nivel del servicio ni de la presentación del espacio.